Cuando el turismo corrompe

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Viajamos. Viajamos y la pasamos bien. Viajamos y muchas cosas quedan atrás, al menos por unos días (o meses, para los más afortunados). Viajamos y, ¿sin darnos cuenta?, cambiamos el lugar que estamos visitando. Y la alarma debe encenderse cuando ese cambio no es positivo. Y mucho peor, cuando ese cambio corrompe: el ambiente, la gente, la cultura. Estuvimos varios meses viajando por el mundo y no queríamos dejar de hablar de la otra cara del turismo.

Del “tenkiu” al “mony mony”

Es increíble como distancias pequeñas pueden mostrar dos caras totalmente distintas. No solo viajando: en tu propia ciudad te debe pasar, ver cosas diferentes en cada esquina. En nuestra última visita a Filipinas encontramos el punto de quiebre de una situación que vimos en muchos otros países, pero que no terminábamos de procesar.

Pueblo de San Vicente, en la isla de Palawan, en donde la long beach (playa larga) está llamada a ser la próxima Boracay. De hecho, todos los terrenos costeros ya tienen dueño, en su mayoría extranjeros multimillonarios que esperan el momento adecuado para construir resorts de lujo y complejos de entretenimiento para satisfacer al turista de más alto nivel. Mientras tanto, el pequeño poblado espera ahí paciente, con la típica calma que, a nosotros, los occidentales, nos cuesta tanto entender.

Mucha de la gente más linda la hemos encontrado en Filipinas

Mucha de la gente más linda la hemos encontrado en Filipinas

Caminando por las humildes calles de San Vicente nos encontramos sin dudas con la gente más bella de Filipinas (de por sí la gente en este país es un encanto) y probablemente de todo Asia. Los niños se sonrojaban al vernos mientras, cabizbajos, respondían un tímido hello. Los adultos, no mucho menos inocentes, iniciaban charlas en un inglés muy básico, nos pedían fotos y nos despedían con un gratificante tenkiu. Era notable como, para ellos, la máxima gratificación era la de la experiencia, la anécdota. Nunca en nuestros tres días recorriendo San Vicente nos pidieron plata fuera de un comercio. Y era evidente que la necesidad estaba.

Cuatro días más tarde y luego de un largo viaje (pese a los pocos 20 kilómetros de distancia) llegamos a Port Barton, otro pequeño poblado en el que el turismo ya se instaló. Más de 100 opciones de alojamiento en un pueblo de no más de 10 manzanas, restaurantes para todos los gustos y bolsillos, bares pensados para el gusto occidental (sobre todo estadounidense y europeo, claro) son solo algunas de las señales de advertencia.

Lo primero que hicimos en este pueblo fue caminar, además de para tener un primer vistazo, para buscar alojamiento. Apenas una cuadra habíamos recorrido cuando de lejos se nos acercaban dos niñas, de alrededor de 10 años. Ambas comenzaron a sonreír, a secretear, la vergüenza se les notaba a flor de piel. “¡Qué bueno!”, dijimos, confiados en que nos esperaban otros tres días más de lindas experiencias con los locales. Lamentablemente, esta vez la respuesta a nuestro hello fue un poco más triste: “mony, mony, mony”, gritaron las chicas mientras nos pasaban por al lado. La sorpresa nos dejó sin palabras, pero no a ellas, que siguieron gritando con un tono cada vez más agresivo, aun cuando nos habían pasado por varios metros.

Las niñas de la foto nos han pedido dinero después de posar para la misma

Las niñas de la foto nos han pedido dinero después de posar para la misma

Varias preguntas nos quedaron en la cabeza durante todos los días que pasamos en Port Barton. Las situaciones se repetían de forma constante: personas de todas las edades reclamando plata por cualquier cosa: hasta unos niños que nos enviaron por un camino totalmente contrario al indicado solo porque no teníamos nada para darles a cambio de la información.

Y muchas de esas preguntas se respondieron el último día con una de las peores actitudes que recordamos haber visto, y que se repite a diario. Un turista francés, bien acomodado por lo que aparentaba, rechazaba a una niña que, seguramente no por elección propia, vendía pulseras en la playa. ¿Qué le dijo el francés a la niña?: “Toma 1 dólar y vete, niña, no quiero nada de eso”.

No hagas aquí lo que no haces en casa

Esta historia es breve y quizá más conocida. O quizá no. De pequeños a todos nos enseñan a comportarnos. Nos transmiten reglas de conducta útiles para encajar dentro de la sociedad en la que vivimos. Respetar las filas, no tirar basura, no fumar en lugares donde no corresponde, entre otras. Todos conocemos estas “reglas”, ¿no? Como nunca, agradecimos a todas aquellas maestras que nos han retado: “¿Haces eso en tu casa? Entonces, ¿por qué lo haces en la escuela?”

Seguramente ustedes sean tan testigos como nosotros de situaciones que, más allá de la vergüenza ajena, generan bronca e impotencia. Para un occidental en Asia el concepto de filas no importa. Es cierto que para muchos locales tampoco (pero hay que aceptarlo, tal como se aceptan los eructos, la gente escupiendo, y otros comportamientos propios de la cultura del país que visitamos), pero si venís de un país en el que ese acto se considera irrespetuoso, ¿qué te lleva a realizarlo estando de viaje?

Hablando de falta de respeto hacia otras personas, ¿conocen algo más molesto que estar comiendo al lado de una persona fumando? Tal vez por eso en la mayoría de los países occidentales se prohibió el consumo de cigarrillo en ambientes cerrados. Ver a turistas, sobre todo europeos, fumar en cualquier lugar sin importar quién esté al lado, nos demostró que esa gente no está educada, sino adoctrinada.

Y el peor de los ejemplos, la falta de respeto hacia el ambiente. Viajando por Europa vimos como se les hacían multas a personas por arrojar basura en la calle. Uno supone que la mayoría de las personas no comete este violento acto de irresponsabilidad por conciencia y no por un castigo económico, pero se equivoca. Tan simple como ver a turistas arrojando basura en la calle, en el mar, dejando botellas en las playas, para que uno se de cuenta que a la hora de viajar, poco importa. El descanso, además de las obligaciones, es de los buenos comportamientos. Si total, no me pondrán ninguna multa por ello.

Animales con billetera y celular

Muchos estudios demuestran cómo el uso de redes sociales tiene ciertos efectos en nuestro cerebro. No somos especialistas, pero alcanza con googlear. Los likes e interacciones en Facebook, Instagram, etc., liberan dopamina, un químico adictivo que, al igual que en el juego y la bebida, nos pide más y más. ¿A qué precio?

En Tailandia mucha gente quiere visitar parques de elefantes. Algunos son tan sinvergüenzas que los llaman refugios. Sueñan con una foto en Facebook, Instagram o la red social de moda, bañando, alimentando o acariciando al elefante. Los más “ignorantes”, preguntan si está bien montarlos y dar un paseo. Se dicen a ellos mismos que en algunos parques tratan bien a los elefantes, sin someterlos ni dañarlos, que han sido rescatados y, por ende, ahora en comparación el elefante está en un entorno excelente. Alimentan el bolsillo de los dueños que no tienen otro propósito que recaudar. No se dan cuenta de que ante una situación de riesgo, el que terminará pagando será el pobre animal. ¿O no se acuerdan del gorila que fue ejecutado cuando un niño de 8 años cayó en su jaula en un zoológico?

Un animal encima y seis abajo, bañando a un pobre elefante

Un animal encima y seis abajo, bañando a un pobre elefante

Pd. Por supuesto, ¡Hay muchas cosas que puedes hacer en Tailandia sin perjudicar animales! Mira algunas de ellas aquí.

Las Islas Gili son sinónimo de paraíso. A pocos kms en lancha de la mega popular Bali, en Indonesia, estas tres islas son conocidas por sus playas y su paz, al punto que no hay vehículos a motor para moverse dentro en ellas. Pero por supuesto, siempre hay un turista que no entiende absolutamente nada del contexto del lugar que eligió para sus vacaciones. Que no respeta el entorno aun después de haberlo elegido.

Quien haya visitado estas islas seguramente ha visto decenas de pobres caballos en un estado de explotación absoluta. Sedientos, desnutridos, con heridas en los pies al punto de sangrar. Uno como turista intenta hacer algo, pero es espantado por la mafia local hasta con amenazas. La policía brilla por su ausencia. Lo inaudito es cómo hay personas que fomentan ese negocio. ¿Cómo alguien es capaz de ver delante de sus ojos el sufrimiento de un pobre caballo, o peor, de ser el responsable de ese sufrimiento, solo por no caminar 600 metros con su maleta a cuestas?

Cuando la mafia nos resulta atractiva

Siempre nos pasa, creemos que a todos, eso de elegir un lugar como el mejor de todo un viaje. Vamos seleccionando aquellos destinos que más nos gustaron de cada viaje y hacemos nuestro listado de imperdibles. A veces, esos imperdibles se magnifican tanto que el boca en boca transforma un destino en megapopular. En la isla de Bali, Indonesia, debe haber pasado algo así.

Lo que tienes de lindo lo tienes de turbio, Bali

Lo que tienes de lindo lo tienes de turbio, Bali

Años atrás, Bali era un pintoresco destino turístico, con zonas repletas de australianos (Kuta Bali, al sur, sobre todo), zonas encantadoras con un nivel justo de turistas (Ubud) y zonas muy despobladas, con pocos visitantes, como los templos al norte y este o el volcán Batur. Como sea, uno podía encontrar un lugar del estilo que estaba buscando. Luego, el boca en boca, alguna que otra película de Hollywood y la desmedida promoción, transformaron a Bali en uno de esos lugares que, al menos nosotros, no entendemos tengan tantos admiradores y tan pocos detractores. Y, ojo, no decimos que no haya lugares mágicos en esta isla, sólo que para llegar a esos lugares habrá que atravesar dos barreras: un mar de turistas con sus cámaras de fotos y, lo peor, la mafia local, dispuesta a todo.

¿A qué nos referimos con todo? ¿No es un poco exagerado? Cuando contábamos nuestras experiencias en Bali, no encontrábamos mucho apoyo del resto de los viajeros… ¡Vaya sorpresa! ¿Será que los viajeros, por más bajo presupuesto que tengan, están acostumbrados a pagarle a alguien por acceder a un lugar natural, que debería ser libre hasta que un organismo oficial disponga lo contrario? ¿Será que les parece correcto tener que pagarle a un capo que obliga a contratar sus servicios para visitar un templo, aunque ya se haya abonado la entrada estipulada para entrar en él?

Algo que no nos había pasado en todo Indonesia (en las islas del oeste, Java fundamentalmente), nos desalentó mucho al visitar Bali. La gente local dispuesta a todo (y de mala manera) con tal de obtener tu dinero. Y los turistas, con los ojos vendados, dispuestos a todo con tal de pasarla bien. La mafia se acaba en forma sencilla: dejando de alentarla. Dejando de visitar el templo o volcán que custodian con egos de policías y pinta de improvisados.

El turismo corrompe

Después de largos meses de viaje en Asia y millones de lugares y anécdotas maravillosas, no queríamos dejar de compartirles estas sencillas reflexiones. Posiblemente no logremos nada con hacerlas, pero si llegaste a leer hasta aquí significa que algo de lo que dijimos es compartido. O no. Nos encantaría leer tus comentarios respecto a estas anécdotas o tus experiencias en cualquier lugar del mundo en el que hayas sentido que el turismo corrompe.

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